No es tarea fácil acceder a las personas totalmente relajadas cuando se hace fotografía de calle, y menos en mi ciudad. Tampoco es una labor barata: casi euro y medio cuesta acceder a un universo temporal en que las personas se dejan llevar en todos los sentidos, un refugio en el que conectan consigo mismas y se abandonan públicamente. Ese espacio-tiempo es el viaje en tranvía, en el que los pasajeros se abstraen o invaden la privacidad de sus acompañantes con miradas que expresan inconscientemente aprobación, censura o indiferencia.
En estas ocasiones en que personas extrañas conforman temporalmente familias cercanas de vagón me gusta hacer que la gente se sienta incómoda ante el acto fotográfico. Fotografiarlas, como expresaba Susan Sontag, es violentarlas, pues reconocen que se las ve como jamás se ven a sí mismas. Observándolas absortas se las conoce como nunca podrían llegar a conocerse. Casi siempre el visor es un espejo que me devuelve autorretratos incómodos, no obvios, laberínticos y heterodoxos.